
Ya os he contado en un número anterior que en los años 70 yo
frecuentaba el centro vasco Laurak Bat en Buenos Aires y que
tenía una cuadrilla de amigos con los que aprendíamos algo de
euskera y hacíamos teatro en euskera con el grupo de
Euskaltzaleak.
Pero lo que aún no os había contado es que también cantábamos
con el coro Lagun Onak y un día vimos un aviso en el periódico
donde se pedían coristas para una agrupación de zarzuela. Como
a todo el grupo nos gustaba cantar, nos gustaba la zarzuela y
además nos enganchábamos en cosas divertidas, pues allí nos
fuimos a presentar.
La zarzuela es ese extraño género musical donde se canta y se
habla, como en la ópera, pero que por su carácter popular,
costumbrista y a veces hasta regionalista, tiene menos fama que
la ópera.
Nació allí por 1657, con una obra de Calderón de la Barca,
pero tuvo su auge en el siglo XIX, pasando desde entonces a ser
representada en numerosos teatros de Latinoamérica.
Parte instrumental, números hablados, otros cantados por coros y
solistas y números cómicos, en general representados por dúos.
Hay algunas zarzuelas pequeñas de 1 sólo acto, pero la mayoría
son de 3, y en ellas encontramos obras de gran calidad musical y
magníficos autores como Francisco Barbieri, Emilio Arrieta,
Federico Chueca, Fernández Caballero, Tomás Bretón, Ruperto
Chapí, Pablo Sorozábal, Federico Moreno Torroba y Jacinto
Guerrero.
La cuestión es que con la experiencia de haber escuchado algunas
zarzuelas en los discos de casa y de haber visto la
representación de alguna de ellas en el teatro Avenida de la
Avenida de Mayo, hasta donde llegaban las compañías españolas
en gira, nos presentamos en el Centro Navarro, lugar donde se
reunía la Asociación Lírica Amistad.
Luego de una prueba de voz, fuimos admitidos en el grupo, que
contaba un número ya bastante grande de integrantes.
Lo primero que llamaba la atención era lo heterogéneo del
grupo. Allí estaban la directora Alba Serrano, argentina de
familia valenciana, el actor y recitador Arturo Navarro, también
de ascendencia valenciana, el checoeslovaco Esteban Crcek, la
soprano Carmen Rodríguez y su marido Miguel, el tenor Nelson
Sabaté, el tenor cómico Raúl Descoueit de abuelo vasco
francés, la mezzosoprano argentina de ascendencia navarra
Chichita Irigaray, la soprano Betty Mattiángeli, que como su
apellido deja traslucir, era de origen italiano, Felisa de la
Puente, el tenor Juan Francisco, los barítonos Luisito Tomaselli
y Amador, Any Maragnani, Gladys Navarro, Eduardo Capdevila, Pepita Ferriols,
Alicia Brienza, Clara Ostrogue, Mery
Macias, Irma Esteban, el galán de otros tiempos Gonzalito, además de un buen
grupo de gente de muy diferentes edades, desde mayores hasta
niños y jovencitos como los chicos de la familia Landeira,
Marina Bogdas Mir y mis sobrinos Constanza, Romina y Rodrigo.
Y lo segundo es que allí se trabajaba muchísimo, porque además
de ensayar las obras y aprender los papeles que cada uno tenía
que representar, era la misma gente quien diseñaba y hacía la
escenografía, quien se ocupaba del equipo de sonido, quien
hacía toda la ropa para la compañía y quien preparaba la
utilería para las diferentes obras.
O sea que teníamos ensayos dos veces por semana a última hora,
después del trabajo, porque ninguno nos dedicábamos a eso,
éramos todos vocacionales, actuación casi todos los fines de
semana y el resto del tiempo libre nos dedicábamos a pintar,
coser, reparar telones o hacer utilería.
Los ensayos terminaban a las diez y media, once de la noche y
luego, como nos daba pena separarnos porque aún teníamos mucho
que compartir, muchos de nosotros seguíamos la farra en algún
boliche de la ciudad donde tomábamos algo, comíamos a veces,
charlábamos y cantábamos, claro hasta las tantas.
Más de una vez los mozos se ponían a fregar el piso, como muda
insinuación de que la hora de cerrar había llegado.
Recuerdo que la primera vez que Kurt, quien luego fue integrante
de la Asociación y también mi esposo, y a quien en ese tiempo
sólo conocía como compañero de trabajo, participó de un
ensayo, se quedó boquiabierto cuando le dije que nada de irse a
casa, que viniera con nosotros a un bar de Congreso, lugar donde
por aquel entonces terminábamos nuestras veladas.
La escenografía se hacía en general los fines de semana que no
actuábamos. Esteban era el encargado y ayudábamos Kurt que se
daba mucha maña para diseñar y que luego diseñó los decorados
y muebles de las obras de teatro que representamos con la
Agrupación El Caserío (pero eso es otra historia que ya os
contaré), Raúl (alias el Gordo), Eduardo Capdevila y yo.
Me acuerdo una vez que Esteban me propuso hacer el telón de
fondo del último acto de la obra El Dúo de la
Africana. La obra se desarrolla en la sala de ensayo de un
teatro, durante los ensayos de la ópera de dicho nombre y el
acto final es la representación en si, frente al público
ficticio, o sea de espaldas al público real.
Un hermoso telón, con palcos, butacas, cabezas de oyentes y
hasta una lámpara de caireles, como las de los grandes teatros,
todo ello pintado de rodillas en el enorme telón desplegado
sobre las baldosas del salón del segundo piso del Centro
Navarro, en Moreno y Colombres. Y aunque está mal que yo lo
diga, ¡quedó precioso!
Hay que pensar que, siendo una compañía que se trasladaba de un
lugar a otro para realizar las representaciones, la escenografía
debía ser fácilmente transportable.
Así que estaba formada por un telón de fondo que se llevaba
enrollado y luego se colgaba del fondo del escenario y paneles
móviles que servían para crear los espacios: habitaciones de
casas, calles, mercados, iglesias, puertas de diferentes
edificios que permitían entrar y salir a los actores-cantantes,
ventanas a las que se asomaban, todo un mundo que se reproducía
con dichos paneles.
Y esos paneles estaban hechos con un gran bastidor de madera y
papel que lo forraba y podía pintarse. Pero como el papel era
demasiado frágil y no resistía, se forraba con capas de gasas
embuidas en cola, lo que le daba firmeza y resistencia, sin
perder su condición de ser fácil para pintarse.
¡Cuántos sábados y domingos habremos dedicado a forrar los
bastidores y a crear nuestro mundo de fantasía!
Claro que si de fantasía se trata, no puedo olvidarme de la
utilería necesaria para cada zarzuela.
Recuerdo que para La Revoltosa hicimos cientos de
tiestos de flores, que luego se colgaban en las paredes, ventanas
y en la escalera del patio de la vecindad.
Pero como los recursos económicos no eran muchos, ¿cómo hacer
tantas macetas? Muy fácil, con potes de yogur pintados de rojo y
flores de papel maché de diferentes colores. ¡La imaginación
al poder!
Para la primer escena de Gigantes y Cabezudos había
que recrear un mercado, así que tomates, lechugas, rabanitos,
manzanas, peras, racimos de uvas, pescados y trozos de carne de
papel maché, invadieron el cuarto donde bien organizado,
guardábamos todo.
En cuanto al vestuario, la ropa de los solistas era propiedad de
cada uno y cada cual se arreglaba para tenerla, pero la ropa de
la gente del coro era de la Asociación y eran Loly (la mujer de
Esteban), Gioco (la hermana de Betty) y la madre de Alba quienes
se encargaban de coser y preparar todo.
La primera vez que ví el vestuario me llamó la atención la
cantidad de faldas de diferentes colores, todas ellas con cintura
ajustable, chalecos, vestidos, sombreros de paja, sombreros
canarios, guantes, cintas y mil cosas más.
Y no nos olvidemos que en la zarzuela una parte fundamental es la
música.
El primer pianista que tuvo la Agrupación fue el excelente
maestro Mario Maurano, quien con su orquesta en Radio Belgrano,
había acompañado en su tiempo a Libertad Lamarque. Cuando él
murió, fueron pasando diferentes pianistas (no es nada fácil
acompañar el canto de personas no profesionales) hasta que
llegó al grupo Sonya Brandeis, una excelente pianista que nos
acompañó hasta que la Agrupación se disolvió y con la que
aún conservo, como con algunos integrantes más: Chichita,
Arturo, Luisit , Any, una hermosa amistad.
Tuvimos también, durante un tiempo, un violinista uruguayo
marido de Rosarito y una encantadora contrabajista que
completaban la música a la perfección.
¡Era realmente increíble que con tan pocos medios, la música
sonara tan bien!
Y por último tendría que hablaros de las obras y las
representaciones en si, el fruto de tanto esfuerzo conjunto.
Lo extraño de este conjunto es que, siendo una agrupación de
vocacionales, se atreviera con zarzuelas completas.
Porque, si bien en algunos lugares hacíamos estampas (o sea
fragmentos de zarzuelas), sobre todo en lugares donde el
escenario era pequeño, no se prestaba para armar toda la
escenografía, o directamente no existía, la mayoría de las
veces representábamos las zarzuelas en su totalidad.
Así compartimos con nuestro público obras como: La
Revoltosa El Dúo de la Africana y
Gigantes y Cabezudos que ya he nombrado, además de
El Puñao de rosas, Claveles,
Molinos de viento, La alegría de la
huerta, La Dolorosa, Agua, azucarillos y
aguardiente
y escenas de La verbena de la
paloma, Gavilanes, Doña
Francisquita, Luisa Fernanda o El
caserío.
Y hablar de las funciones daría para una revista entera, con sus
mil anécdotas.
El espíritu de la Agrupación era altruista. Si bien cobrábamos
algo para los desplazamientos y para ayudarnos a autofinanciar
decorados, ropa, luces y materiales, ofrecíamos nuestro trabajo
a centros regionales de otras colectividades, colegios,
asociaciones sin fines de lucro, asociaciones vecinales de
fomento, clubes y hogares de ancianos, tanto de Capital Federal,
como de diferentes pueblos del Gran Buenos Aires.
Y en todos lados éramos recibidos con muchísimo respeto y
entusiasmo.
Recuerdo las caras de los ancianos, hombres y mujeres del Hogar
Virgen de los Desamparados, muchos de ellos españoles, que
emocionados, seguían con sus labios las romanzas aprendidas en
su juventud.
Un día nos tocó actuar en un hermoso teatro de un colegio de
Florencio Varela. Las adolescentes (chicas entre 12 y 20 años)
entraron al teatro cuando ultimábamos los preparativos para
levantar el telón y el griterío era tan ensordecedor que nos
asustamos pensando que no nos iban a escuchar nada y que no les
iba a interesar.
¡Qué error! Cuando la música empezó a sonar, los gritos se
convirtieron en murmullos y al levantarse el telón, un ¡ohhhh!
mayúsculo dio paso a un silencio expectante.
Rieron en los momentos graciosos, vimos lágrimas en los rostros
juveniles en los momentos dramáticos y fue una de las pocas
veces que por una ovación enorme, se repitió el dúo de Felipe
y Maripepa de La Revoltosa.
Todo un descubrimiento para esas chicas que exploraron, muchas de
ellas por primera vez, lo que es una zarzuela y el entusiasmo que
puede despertar.
Otra vez nos tocó viajar al pueblo de 9 de Julio. La primer
sorpresa nos la llevamos cuando fuimos a ver el lugar donde
íbamos a actuar a la noche.
Se trataba de una cancha de básquet, sin escenario ni nada que
se le pareciera.
Ahí mismo nos pusimos en campaña. Con 2 arcos movibles de
básquet y la cortina de una panadería, improvisamos el telón.
En un club conseguimos unas tarimas y con la ayuda de la
camioneta de un buen hombre a quien abordamos en la calle, las
llevamos y armamos el escenario.
Terminamos de armar la escenografía 5 minutos antes de la hora
de comienzo, muertos de cansancio antes de empezar y sin tiempo
siquiera de darnos una ducha.
Lo que no sabíamos es que el hombre que nos llevaba, había
tenido un problema con la gente del pueblo, le habían boicoteado
la propaganda y cuando, después de todo el esfuerzo, fuimos a
levantar el telón, sólo teníamos 5 espectadores. Fue muy
gracioso, 20 personas arriba del escenario actuando para 5.
Bueno, en realidad, fue gracioso cuando lo contábamos después,
porque en el momento no nos causó mucha gracia que digamos.
Al día siguiente cantamos la Misa Criolla en la catedral del
pueblo y al terminar, la gente venía a preguntarnos dónde
íbamos a actuar, sin saber siquiera que la función ya había
pasado.
Hubo otra noche en que actuamos en un pueblito del sur de Santa
Fé. El teatro no era muy grande y estaba tan lleno de gente, que
hasta se habían sentado en los pasillos. Hubo risas, aplausos,
emoción.
La función salió espléndida y después de desarmar el decorado
(cosa que también hacíamos nosotros, claro) nos llevaron al
club del pueblo donde nos sirvieron un asado de primera y nos
agasajaron cantando canciones argentinas a las que contestábamos
nosotros con nuestros coros y dúos, en una improvisada
competencia musical.
Esa noche se lucieron Arturo que, como siempre, se arrancaba a
recitar de una forma magistral, y Kurt que se descubrió como un
excelente recitador de versos criollos.
Todo terminó entre risas y vino a las tantas de la madrugada,
con un frío congelador en la calle. Y, como cada vez que
hacíamos función doble de sábado y domingo, aún nos quedaba
ir a dormir al lugar que los organizadores nos habían destinado.
Unas veces era en habitaciones de hotel, otras era en casas de
familia, o el pabellón dormitorio de algún colegio.
Esa vez la sorpresa fue mayúscula, porque el lugar elegido era
una hermosísima estancia de una multinacional norteamericana,
con cantidad de dormitorios cada uno decorado en un color todo a
juego, hasta el jabón del baño, con chimeneas encendidas que
caldeaban el ambiente y multitud de detalles decorativos que los
más traviesos nos dedicamos a descubrir, porque desde luego esa
noche, con tantas sorpresas lindas, no dormimos mucho.
Al día siguiente, la mesa de desayuno estaba repleta de panes y
bollería casera, mermeladas, dulces, quesos, un festín para
reponer fuerzas y cantar poniendo todo nuestro entusiasmo.
Siempre nos acordaremos de ese lugar, ¿verdad Chichita?
Otro día actuamos en otro precioso teatro en el colegio alemán
de Villa Ballester.
Las cosas se torcieron desde el comienzo. La directora Alba y la
soprano Carmen tuvieron un inconveniente con el coche que las
llevaba y llegaron en el último momento, muy nerviosas, cosa que
se contagió rápidamente.
Con algunos desafines y alguna entrada mal hecha, la obra
transcurrió más o menos hasta el final.
No creo que el público se diera mucha cuenta de los fallos, pero
nosotros estábamos todos tristes, porque esa noche no había
habido magia. Hasta el momento en que, ya cambiados y comiendo
los bocaditos con los que nos agasajaban en el hall del teatro,
uno levantó la mano, los demás seguimos y
cantamos nuevamente
casi toda la zarzuela, pero esa vez con todas las ganas y la
fuerza, logrando una ovación como no la habíamos tenido un rato
antes.
Y no os vayáis a creer que siempre nos salían mal las cosas.
Lo normal es que todo saliera bien y que el entusiasmo que
desplegábamos sobre el escenario se transmitiera a los
espectadores.
¡Cuántas veces alguien nos dijo que dábamos envidia, porque
parecíamos una gran familia, más que una compañía de
zarzuela!
¡Cuánta gente nos aplaudió de pie, cuánta se rió y lloró
metidos en los personajes!
¡Cuánto nos divertimos nosotros llevando un arte poco conocido
a pueblos alejados de la capital!
¡Cuánto disfruté al lograr del público una carcajada con
nuestros dúos cómicos con Raúl!
No creo que haya ninguna otra experiencia parecida a la de subir
a un escenario y conseguir que un montón de gente esté
pendiente de tus palabras o tus gestos y sentir la emoción
provocada flotando delante de ti.
Maravillas de la gran Buenos Aires cosmopolita, de permitir la
formación de grupos artísticos vocacionales, que muchas veces
trabajan con más seriedad, entusiasmo y dedicación que los
profesionales.
¡Cuántas veces se nos hizo un nudo en la garganta al cantar al
final de cada representación nuestro himno: Amigos,
siempre amigos, juntos marchemos en las luchas de la
vida...!
Porque en realidad eso éramos un grupo de Amigos, que además
cantábamos, actuábamos, trabajábamos y nos divertíamos.
Como diría el poeta: ¡Lindo haberlo vivido, para poderlo
contar!
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